Capítulo I

Gaviotas_II.jpgEl paraíso

Por San Juan hará ya un año que pisamos las playas del Paraíso. Yo salté solo del cayuco mucho antes de llegar a la costa. De mis compañeros de travesía volvería a saber unas horas más tarde. Era de noche y aquello era una fiesta: decenas de hogueras luminosas alumbraban la oscuridad. Mis ojos ilusionados de excitación y esperanza vieron gaviotas de fuego surcando el cielo. Aturdido por las luces y el bullicio, corrí veloz a esconderme.

Me refugié entre las rocas más próximas a la playa. Desde allí, agotado por la travesía y paralizado por el miedo, presencié atónito escenas maravillosas… La gente festejaba, comía, bebía alegremente alrededor de gigantescas hogueras. Algunos las saltaban como atletas endemoniados, desafiando las llamas. Otros rodeaban hogueras más pequeñas en las que se asaban sardinas ensartadas en cañas sobre montículos de arena. El olor suculento que desprendían me penetraba en el estómago, vacío y revuelto desde antes de cruzar el terrible Estrecho.

Gaviotas.jpg
Gaviotas de fuego...
Salto.jpg
Saltaban como atletas endemoniados...
Espetos.jpg
Sardinas ensartadas en cañas...
Lo que observé luego aumentó mi hambre canina: manjares apetitosos se exponían sobre mesas improvisadas para que cada uno comiese a su antojo. Para resistirme a la llamada desvié la atención hacia la hoguera más próxima. Pude vislumbrar cómo ardían no sólo restos de árboles, sino también tableros, muebles, sillones y otros objetos valiosos. Sin duda aquel lugar era tan próspero que sobraba de todo.

De pronto, olvidé mi apetito por unos instantes al contemplar extasiado la silueta de una mujer joven de larga cabellera que surgía de las llamas, tan seductora como el fuego o talvez ella misma era el fuego. Pero el hambre y la sed arreciaron y abandoné rápidamente aquella mágica visión. Los olores de los más apetitosos manjares me llamaban, me esperaban al alcance de la mano.

En la hoja de ruta, que nos dieron al preparar el pasaje, se decía que evitásemos a la policía, pero que los andaluces eran gente muy hospitalaria. Decidí entonces arriesgarme y salí de mi escondite hacia el primer grupo de comensales.

Llevaba los brazos en alto con las palmas de las manos abiertas, luego los bajaba y me ceñía fuertemente el pecho, me señalaba el corazón y con la mejor sonrisa gritaba: ¡yo… amigo, brother!… Hice estos gestos repetidamente hasta que, ya muy cerca de la reunión, comprobé que la mayoría me recibía con sonrisas e incluso con grandes carcajadas.Algunos me saludaban subiendo y bajando el antebrazo a la altura del pecho, con el puño cerrado y el pulgar elevado. Comprobé entonces que esta gente era realmente hospitalaria.

Helicoptero

Al instante, sin saber por qué, giré mi vista a la derecha, a sólo unos pocos metros vislumbré una escena que me partió el corazón: varios compañeros de la fatigosa y esperanzadora travesía habían sido detenidos por la Guardia Civil. Soportando la luz directa de los focos acusadores, sin raíz ni destino, parecían preguntar al mundo por su mala suerte. Reconocí a mi amigo Louis entre los detenidos, ahora ya sé porque sonreía camino del infierno. Me quedé petrificado, ya casi me encontraba entre el grupo de comensales, dudé si acercarme más… Uno de ellos golpeaba con el dedo índice extendido de la mano derecha la palma abierta de la otra mano, lo hacía con insistencia y moviendo su rostro hacia delante. Comprendí que me indicaba que huyera.

Retrocedí con rapidez, nervioso, con una ansiedad que me aplacó instantáneamente el hambre, me camuflé otra vez entre las rocas. Desde ellas divisé un tunel más apartado de la playa, que se había infectado de policías.
Detencion
Ahora ya sé por qué sonreía...
Amaneciendo.jpg
Acababa ya la noche del miedo...

Tendría que pasar alli oculto toda la noche. La noche más luminosa que había visto en mi vida se convertía en un túnel tenebroso. Había tenido el paraíso al alcance de mis manos, y ahora no sabía si estaba al final o al principio del túnel.

¡Qué lejos quedaba mi querida Gorée! ¡Qué lejos de los míos! Aquel túnel oscuro me engullía como una larga noche de piedra.

El hambre y la rabia me impedían dormir. Hasta mi escondite llegaban todavía la música y las alegres carcajadas de los hombres de las hogueras, pero yo debía permanecer en mi guarida, sin duda la policía estaría rastreando la zona. Después de comerme el manjar de mi mochila: una torta húmeda de harina, medio pastelito de coco y un largo trago de güisqui, entré en un duermevela que me llevó al sueño.

Me encontraba tan cerca, tan cerca de la mujer de la hoguera que me abrasé cuando quise rodearle suavemente su cintura de fuego. Desperté sudando de pánico y placer, la música y las voces sonaban muy remotas, desapareciendo en el silencio de las estrellas.

Me asomé a la boca del túnel, miré al cielo y me reconforté: La luna y Venus me saludaba y acogían. Acababa ya la noche del miedo, sabía que el sol me protegería como a un hijo en peligro.


Cuando el relato llegó a este momento sobrecogedor, Cheik juntó las palmas de las manos en actitud de oración, las elevó y guardó silencio. El público sabía que debía esperar hasta mañana para que la historia continuase y fue abandonando, intrigado y cabizbajo, el interior del cyber. Yo también me había quedado con la miel en los labios.


Toca
Dyembe_I.jpg
el djembé

para ir al Capítulo II